Georges Simenon escribió El hombre de Londres en
1933, un año decisivo en su vida, pues, además de firmar un importante contrato
literario con la prestigiosa editorial Gallimard, decidió conquistar una
reputación de «escritor serio» -con títulos como El efecto de la luna o La
prometida del señor Hire (Andanzas 420 y 461)-, y abandonar
definitivamente las novelitas populares que tanto éxito le habían reportado
hasta entonces.
Una noche de invierno, en el puerto francés de Dieppe, desde
lo alto de su solitaria atalaya de guardagujas ferroviario, Louis Maloin observa sin ser visto el
acostumbrado trajín nocturno que provoca la llegada de un barco. Hace mucho
frío pero, excepcionalmente, no hay niebla. Aburrido, Maloin observa a los viajeros cuando, de súbito, contempla una
escena que le trastoca: un hombre cae empujado al agua abrazado a una maleta
mientras su asesino huye amparado por la oscuridad de la dársena. Poco después,
tras pensárselo mucho, Maloin baja
de su cabina, se sumerge en las aguas del muelle y recupera la maleta. La
curiosidad le vence y... el contenido de la maleta le deja sin aliento. Para
colmo, al cabo de unos días, el guardagujas descubre en la ciudad la presencia
del asesino...